Oliver Eduardo López Martínez
Mucho se ha hablado
sobre El Aleph, libro de cuentos
escrito por el argentino Jorge Luis Borges, más aún se han hecho comentarios,
discusiones, análisis, etc. sobre el cuento homónimo incluido en este libro
publicado por primera vez en 1949. Sin duda se trata de uno de los grandes
libros compuestos por Borges no sólo por su calidad narrativa, de llevar al
lector por los senderos de sus historias tan tranquilamente y sin tropezones
sino también porque en este libro encontramos mucho de lo que se ha llamado borgesiano, o borgiano¸ para ser más políticamente correctos.[1]
Es en El Aleph al igual que en Ficciones en donde encontramos una
infinidad de recursos literarios, datos históricos, personajes reales, nombres
de lugares y fechas, poesía, por tanto también metáforas, tiempos diversos en
la narración, elementos de teología, filosofía y metafísica. Todo un mundo de
erudición con la amenidad de la ficción.
Sí, se
ha dicho mucho sobre El Aleph y me
sumo a la lista con lo que acabo de mencionar y seguramente seguiré haciendo.
Pero es necesario para lo que quiero decir ahora.
Poco se
ha hablado de “El huevo de cristal” un cuento del escritor inglés Herbert
Georges Wells y que es ni más ni menos que la inspiración de Borges para
escribir el cuento de El Aleph.
Para
quienes leemos a Wells, no podemos negar la genialidad de ese
hombre preocupado por su vida y también por el futuro de su
tiempo, ya el filósofo Bertrand Russell contemporáneo
de Wells nos recuerda la preocupación del escritor por la primera Guerra
mundial y su postura a favor de la paz mundial.[2]
La preocupación de Wells reflejada en sus escritos es sobre todo
por el impacto de la ciencia en la vida cotidiana. Wells creía en las máquinas
como instrumento humano, pero no todo invento humano era perfecto, eran sus
pensamientos, porque las creaciones materiales reflejaban las condiciones de su
creador, si las máquinas son destructivas e imperfectas, es porque la sociedad
es destructiva e imperfecta. Ante todo vemos en este autor su descontento por
el uso de las tecnologías, por el sistema social de su tiempo, por ello es que
imagina siempre con los pies en la tierra, mirando su época, su espacio y de
acuerdo con ello las posibilidades de cambio hacia un futuro.
En esos términos hacía ciencia-ficción.
“The
Cristal Egg”, su nombre en inglés, es un cuento corto en el que desde una
tienda de antigüedades atendida por el señor Cave se narra la historia de un
artefacto de cristal, “un esferoide” que quiere ser comprado por dos curiosos
de la tienda a los que el señor Cave propone el precio de veintisiete pesos,
(según la versión de la SEP, algunas otras traducciones dicen cinco libras, el
texto original dice “five pounds”). El caso es que el artefacto no quería ser
vendido y optó por dar ese precio para que no lo compraran y luego poder
esconderlo. La tienda quería ser destruida por la familia de Cave para
establecer en el lugar algo que sí diera ganancias y no un montón de cosas
empolvadas. Sin duda recuerda a la casa de Beatriz Viterbo en el cuento de
Borges a la que van a destruir para ampliar “su desaforada confitería”[3].
Pero no sólo eso, desde su inicio, “El huevo de cristal” remite a Borges aunque
aquel fue escrito en 1899.
Todavía
el año pasado existía no lejos de "Los Siete Cuadrantes" una
tiendecita de aspecto mísero, sobre cuya puerta, en borrosas letras amarillas,
campeaba este letrero: "C. Cave. Taxidermista y Anticuario". Entre la
diversidad confusa de objetos se veían en el escaparate varios colmillos de
elefante, un juego de ajedrez incompleto, diversos cacharros de vidrio, algunas
armas, un muestrario de ojos de animales, dos cabezas de tigre disecadas, una
calavera, varios monos, uno de los cuales servía de soporte a un quinqué, un
huevo de avestruz punteado de negro por las moscas, aparejos de pesca, una
pecera vacía empolvadísima, y un esferoide de cristal maravillosamente
traslúcido.[4]
Están
ahí varios elementos borgesianos, los animales extraños y exóticos, el ajedrez,
objetos de amplia carga simbólica y metafísica como el quinqué y la calavera y
lo absurdo de la pecera vacía, Borges dice “un florero sin flor”, más aún la enumeración de todos estos objetos
precedida de un dato físico y temporal, el año pasado, la tiendecita. Borges
nos habla de cada treinta de abril en la casa de Beatriz en la calle Garay.
Pero
sin duda la narración no lo es todo sino la parte medular del cuento, en el
caso de Borges se trata de un Aleph, “es uno de los puntos del espacio que
contienen todos los puntos.”[5]
Este se encuentra en el sótano de de la casa de los Viterbo. Wells nos habla de
una esfera de cristal a la que con
cierta inclinación de un haz de luz en la oscuridad refleja todo un mundo. Para
Wells no se trata de un objeto místico, aunque sí misterioso, como para Borges[6]
sino de algo científico, es una ventana hacia otros planetas y se atreve a
postular dos hipótesis:
o
la bola de cristal se hallaba a la vez en dos mundos distintos de los cuales en
uno era movible y en otro inmóvil –cosa de todo punto inadmisible-, o bien
existía una relación de trascendencia misteriosa incalculable, entre el
esferoide terrestre y el del mundo desconocido, en virtud de la cual, mirando
en uno de ellos, pudiera verse recíprocamente lo que en ambos planetas ocurría”[7]
La
esfera de cristal probablemente entonces había sido depositada por seres de
otro planeta en la tienda del señor Cave para ver desde el lugar en que
estuviera lo que había en la tienda, o en cualquier parte de la tierra. Estamos
entonces ante la misma idea Borges-Wells aunque con ciertos matices, un objeto
por el cual se pude ver y lo que se ve no es poca cosa. La descripción de Wells
es muy similar a la que hizo después Borges, ambos vieron paisajes.
Se
abría la terraza sobre un bosque de vegetación pujante, y estaba circundada por
inmensas praderas donde parecían reposar gigantescos insectos comparables a los
escarabajos.
Más
allá de las praderas empezaba una calzada de rosáceo pavimento, y más lejos
aún, se extendía paralelamente a las montañas que cerraban el horizonte, una
extensión líquida -¿río, lago, mar? - rodeada de tupidos y floridos arbustos.
Cruzaban la atmósfera en todas direcciones bandas de pajarracos, y del lado de allá
de la planicie líquida se elevaba una porción de edificios multicolores que
brillaban al sol como si tuvieran facetas metálicas. El contraste de estos
reflejos con el verde profundo de los bosques y con las luces ígneas del agua,
producía un espectáculo único... De improviso, algo que pareció azotar el aire
con rápido y centelleante aletear turbó su vista, y una cara, o mejor dicho, la
parte superior de una cara con pupilas enormes, se acercó desde el centro del
esferoide a los ojos del señor Cave, cual si quisiera venir a preguntarle el
motivo de su curiosidad. La sorpresa del anticuario fue tal, que casi perdió el
sentido, y cuando, algo repuesto del susto, intentó repetir la observación, no
pudo lograr, por más vueltas que dio al embrujado cristal, que la visión
fantástica y ni siquiera la claridad interna origen de sus zozobras y deleites
volvieran a surgir.”[8]
Para
comparar la descripción con la de Borges remito al lector al cuento “El Aleph”.
Será un tanto similar, lo que llama la atención es que Borges ve Londres y
Wells es británico. Ahora bien la preocupación de Wells, como ya se ha dicho,
es la científica, la de Borges mística, por ello es que en el relato de Borges
hay además de paisajes “la primer versión inglesa de Plinio,”[9]
entre muchas otras cosas más, letras y sobre todo a su Beatriz Vitervo. No
podemos acusar a Borges de plagio pues nunca negó la influencia de Wells. En su
Biblioteca personal[10],
incluye un comentario sobre La máquina
del tiempo y El hombre invisible
y en Otras inquisiciones habla del
“El primer Wells” en donde lo califica como “admirable narrador”[11]
y no como lo definió Oscar Wilde Un Julio Verne científico, para Borges Verne
era un laborioso jornalero y risueño que escribía para adolecentes en cambio
Wells escribió para todas las edades del hombre posibilidades, más no cosas
probables.[12]
Además hay muchos matices diferenciales en ambos autores, aquí solo rescato
algunas coincidencias, finalmente Borges creía en una creación literaria
colectiva, el gran libro escrito por la humanidad a lo largo de su historia,
sólo se suma a lo que ya había propuesto Wells. En una posdata a la edición
argentina de El Aleph dice Borges
“creo notar algún influjo del cuento The
Crystal Egg (1899) de Wells.”[13]
[1] Aunque ya el lingüista peruano Miguel Rodríguez-Mondoñero en el
2005 inició la discusión sobre cuál era la forma correcta, de todos modos lo
común, aceptado hasta por el propio Borges, es lo borgesiano. Emmanuel Noyola
en la Revista Letras Libres, Julio 7
de 2009 en el texto “Lo kafqkiano de lo borgesiano” relata cuando a Borges le
parecía adecuado el título aquel de borgesiano cuando se lo proponía el
escritor Luis Alberto Melograno Lecuna, a lo que Borges respondió que “habíamos
madrugado a los franceses, porque ellos estaban hablando también de lo
“borgesiano”…
[2] Cfr. Russell Bertrand, “H. G. Wells un retrato de memoria”. Wells
H. G. Historias fantásticas, SEP,
México, 2007.
[3] Borges, Jorge Luis, El Aleph,
Emecé, Argentina, 1972, pág. 160.
[4] Wells, H. G. Historias
fantásticas, SEP, México, 2007, pág. 3
[5] Borges, Op. Cit.
[6] Recordemos que Borges en “El Aleph” alude a un místico persa para
explicar lo que vio en el Aleph, al profeta Ezequiel al poeta y teólogo
francés del siglo XII Alain de Lille, conocido como Alanus de Insulis.
[7] Wells, Op. Cit. pág.20.
[8] Ibídem. pág. 17.
[9] Borges. Op. Cit. pág 165.
[10] Borges, Jorge Luis, Biblioteca
personal Alianza, España, 1997.
[11] Borges, Jorge Luis, Otras inquisiciones, Alianza, España, 1979,
pág. 90.
[12] Idem.
[13] Borges, Jorge Luis, El Aleph,
Emecé, Argentina, 1972, pág. 172.